No siempre me interesaron los árboles. Y aunque tampoco eran absolutamente indiferentes, su presencia era más evidente como elemento de una escena que por ellos mismos. Incluso así, los advertí muchas veces majestuosos, antiguos, misteriosos y callados, pero no pensaba en ellos por su nombre.
Una selva impenetrable en el Congo o en la Amazonía, o quizá un antiguo bosque húmedo en Centroamérica, la infinita tundra ártica de Canadá o los bosques boreales del norte de Europa. Todos ellos habitan en mi mente desde hace mucho, pero aunque parezca una contradicción, no eran árboles. Eran sistemas enormes, complejos y maravillosos que por su magnitud y belleza, son un conjunto donde apenas queda espacio para pensar en singular.
En un esfuerzo de la memoria, sé que la sombra de un árbol fue un refugio en muchos momentos. Sé también que el enorme pino fuera de la ventana de casa de mi abuela, puebla los recuerdos de mis tardes de infancia, con luces y sombras cambiantes sobre el muro al que miré mientras jugaba. Aún recuerdo que muchas veces soñé la casa del árbol y que aunque no era el árbol al que deseaba, el árbol ya estaba ahí y sin él no habría casa ni el niño que la soñaba.
El material del que estamos hechos a veces nos empuja. Hace 25 años, a mí me pidió que sin plan y sin mucha coherencia, fuera a Mineral del Chico1. Jamás había estado allí ni me lo habían recomendado. Pero leí algo que terminó por imaginarme ahí mismo: a ese lugar se llegaba por un camino plagado de curvas custodiadas por un enorme bosque. Hoy sé que eran pinos, cedros y encinos, quizá oyameles. Ese viaje no fue sólo uno más, sino que he pasado la vida buscando lo que encontré aquella vez.
La singularidad se presentó poco a poco y una de sus primeras formas sería la de un ahuehuete o sabino. Sin saberlo entonces, estaba frente al árbol con mayor circunferencia en el planeta2. Monumental y silencioso, ha impuesto su sorda persistencia en una escala que supera todos nuestros primeros pensamientos sobre él.
Leí por ahí que todos deberíamos tener un árbol favorito. Quizá un día lo tenga, pero hoy no es uno sino muchos. El árbol milenario de Concá es el último de ellos. Otro sabino.
En el bosque los árboles tienen un poder sobrenatural: ser uno y todos a la vez. Con suficiente tiempo e intención algún día encontrarás a uno que será el bosque pero también él, diferente y único. No quisiera que se olvide que todos son irrepetibles y que tienen su propio nombre, pero sólo algunos tienen dos: su nombre y el que sólo tú conoces. Si un día encuentras uno al que puedas llamarlo de una manera en que nadie lo ha nombrado, estarás aprendiendo otra lengua de la que apenas conoces unas letras.
Mineral del Chico, Hidalgo (México). Hermoso pueblo de pasado minero donde también se encuentra el Parque Nacional El Chico, un parque natural con bosques densos que cuenta con formaciones rocosas.
Vive desde hace 2,000 años en Santa María del Tule (a 12 kilómetros al este de la capital del estado de Oaxaca) donde su copa se extiende por 1,400 metros cuadrados y mantiene una circunferencia de 58 metros. Todos sus números, como las 636 toneladas estimadas y sus 42 metros de altura, son monumentales.


